La materia que compone los astros es la misma que estructura la vida en el planeta, de esta manera cada hierba que crece sobre la tierra tiene su correlato en las estrellas.
Desde esta relación, la serie construye una fabulación visual que vincula el cosmos con el entorno inmediato, desplazando la mirada del telescopio al suelo.
Las piezas reúnen fungigrafias elaboradas con esporas de Psilocybe cubensis y pequeñas estructuras vegetales —semillas, hojas, ramas— dispuestas como constelaciones o formaciones astrales imaginadas. Las esporas, microscópicas y livianas, se expanden sobre la superficie y generan campos de luz y sombra que evocan fenómenos estelares.
Cada obra articula dos escalas aparentemente opuestas: la inmensidad del universo y la fragilidad de un fragmento vegetal; el jardín se convierte en espejo del firmamento donde lo mínimo adquiere dimensión astral. Lo que en la tierra es ciclo biológico, en la imagen se transforma en acontecimiento cósmico.
La serie propone una experiencia de reconexión y contemplación: reconocer que el equilibrio que sostiene un ecosistema es tan delicado como el que rige el movimiento de los astros. Aquí, el jardín no es periferia del universo, sino su manifestación cercana y tangible.















