Desde 2012, mi práctica artística ha orbitado en torno al Psilocybe cubensis. En fungigrafias: un estudio, la atención se desplaza de su iconografía hacia un fenómeno biológico específico: la esporulación.
En su entorno natural, al alcanzar la madurez, el hongo libera millones de esporas que forman un manto púrpura sobre la superficie donde crece. Este acto reproductivo —efímero y expansivo— se convierte aquí en procedimiento plástico. En el espacio del taller, dispongo las condiciones para que las esporas se depositen sobre papel y compongan formas azarosas e irrepetibles. El gesto autoral no consiste en representar al hongo, sino en permitir que actúe como agente productor de imagen.
Cada pieza es posteriormente fijada con laca, deteniendo un proceso destinado a la dispersión y preservando una huella biológica concreta. Lo que el espectador percibe como mancha o superficie tonal es, en realidad, la acumulación de millones de esporas que generan el característico color púrpura de la especie.
Las Fungigrafias -aunque dialoguen con otros lenguajes- no son dibujo, pintura o grabado. El término nombra un procedimiento autónomo donde la composición surge de la colaboración entre artista y organismo, desplazando la noción tradicional de autoría.
La serie se configura como un archivo de eventos biológicos detenidos: momentos en los que la reproducción natural se transforma en lenguaje visual, el taller se convierte en laboratorio y espacio contemplativo y donde el azar opera como método al tiempo que la vida misma se escribe.






































